Review: Acá Todavía – Romina Paula (Entropía 2016)

Mientras leía las primeras páginas de Acá Todavía se me ocurrió jugar en tuiter sugiriendo que Romina Paula  era “nuestra Miranda July”. Me saltaron un poco a la yugular. Salí del paso un mintiendo piadosamente “lo decía por el multitasking”. Pero la verdad es que hay varias cosas en común entre Miranda July y Romina Paula. Algunas obvias: dos actrices que escriben. Algunas tontas: las dos utilizan un apellido-nombre. Algunas agarradas de los pelos: en la única novela de Miranda July (El Primer Hombre Malo) y en esta última de Romina Paula, se apela a la escenografía del hospital (en una como intervención de nacimiento, en otra de ocaso), se alude a la homosexualidad femenina (bastante puerilmente en la de Miranda, un poco menos en la de Romina), que en realidad es el rasgo coyuntural para llegar a preguntas más profundas sobre lo femenino y las relaciones en general. Son dos novelas sobre los vínculos y sobre el rollo neurótico que los engorda.

El finde largo pasado,  alguien del “ambiente del cine” me pregunta si estoy leyendo la novela y comenta que justo había agarrado Agosto (2009) y le estaba encantando. Después la charla se fue para el lado del prejuicio. “Había hecho una muestra de fotografías también. Pará, nena ¿todo queres hacer? Lo peor es que estaba bastante bien la muestra”. Ahí me avivo de que la foto de la tapa seguramente es parte de esa muestra personal de superposición de diapositivas. Me fijo. Foto de tapa: familia Paula.

¿Por qué los artistas multifacéticos, a la vez que son exponentes de estos tiempos de atomización, son sospechados de “abarcar mucho y apretar poco”? ¿Uno en el fondo espera un autor y no un artista, los 100 metros llanos en vez d unl triatlón?

A veces, esta sensación de impunidad va de la mano con lo que se ve. Una vez leí un cuento de Michael Cera que no estaba mal pero era obvio que sólo por su carrera en el cine estaba publicando su textito en McSweenneys. Y capaz que porque tiene cara de nene y ya sabemos lo rápido que se pone paternalista Eggers.  

Bueno, acabado todo esto, Acá Todavía es una novela armada en dos partes (Todavía, Acá). Es una historia familiar, de agonía hospitalaria y pasaje a la adultez.

Me sorprendió la calidad de la prosa. Una narradora mujer en primera persona (y con el antecedente de autora actriz) corría riesgos reales de autoindulgencia. Sin embargo, hay pocos lugares donde se filtra ese riesgo (poner a David Lynch en un diálogo entre una chica que trabaja en cine y una enfermera correntina, por ejemplo). Pero cuando ocurren esos deslices, ya la novela dió bastante como para perdonarle el pecado.

Lo que es una cuestión sí, ya más estructural y llamativa es cómo el diálogo directo es tan flojo, tan cinenacional, tan poco natural. Es curiosos porque cuando la autora elige el diálogo indirecto, la cosa es mucho mejor llevada.

 

Un ejemplo:

(…)

—Como Heidi con los pancitos

—¿Cómo?

—¿No veías Heidi el dibujito animado, la versión japonesa?

—Ah, sí, pero no me acuerdo mucho ¿qué pasaba con los pancitos?

 

(versus)

Las enfermeras entran y salen y actúan y toquetean el arbolito a sus anchas como si no fuera el apéndice del hombre. A él le dicen “buen día” como si fuera normal, como si estuviera en un banco esperando para depositar un cheque, así le dicen “cómo le va”, y después o al mismo tiempo manipulan los aparatejos y las bolsas, definen, controlan la dosis de todo eso, lo flúo y lo que no, eso que va a parar a las venas y por ellas a los órganos del hombre que responde a ese saludo, ese “hola que tal”, como si todo ese aparato del horror, unido a su interior por conductos, pudiera, todavía, no tener que ver con él.

 

Otra marca de generación y clase es la uruguayofilia. Nombrar La Pedrera como quien nombra Mar de Ajó. Tener a mano Uruguay como la quimera, como la Argentina sin efectos adversos. Todos caímos (a veces todavía caemos) en esa falacia, ¿por qué no va a estar en una novela escrita hoy? Se me viene la imagen de un amigo montevideano que sufre la pequeñez y la falsa modestia de su tierra, lleno de vergüenza ajena cuando uno le dice que “me encantaría vivir en Montevideo”. (“Es una mierda, bo”).

El giro uruguayo cambia el aire estético de Acá Todavía. Hay una parte levreriforme que sale del registro y no termina de atrapar (hasta el mismísimo Mario aburre cuando usa lo oniroide como descripción y no como trama). Pero de alguna forma esa familiaridad extranjera le permite remontar con éxito el twist del final.

Gran momento: la historia de los vestidos de fiesta.

Momento bueh: David Lynch meets enfermera correntina.

Puntaje novela que cuenta la vida de la clase media como si fuera algo interesante (pero no es nada, y entonces termina contando el vacío): 8
Puntaje artista multitasking: 8

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